1 Corintios: Una Iglesia Desafiante
Edificando sobre el Fundamento
(1 Corintios 3:9-17)
Recordemos que Pablo ha reflexionado acerca del problema de las divisiones en la iglesia de Corinto. En la primera parte del capítulo 3, utiliza dos metáforas. La primera, para diagnosticar el problema, es una metáfora del desarrollo. Dice que los corintios son como niños que deberían haber madurado, pero siguen siendo inmaduros. Deberían haber comido alimento sólido, pero solo son capaces de recibir leche. Ahí radica el problema: sus divisiones han frenado su crecimiento espiritual. Luego, en los vv. 5-9, cambia la metáfora familiar por una agrícola. La iglesia es como un campo. Pablo, Apolos y otros ministros son como agricultores que trabajan en el campo, sembrando y regando la semilla de la Palabra, pero es Dios quien da el crecimiento. Por lo tanto, si los corintios quieren madurar, no deben ensalzar o demonizar a sus líderes, sino exaltar solamente a Dios. En Dios reside su crecimiento de manera única.
Y luego, en nuestro pasaje, Pablo continúa su plan de tratamiento para la inmadurez espiritual de los corintios usando una tercera metáfora. No es la de bebés, no es agrícola, sino arquitectónica: una gran obra donde Dios está construyendo un gran edificio que, como se revela en los vv. 16 y 17, es su templo. En el v. 9 vemos cómo Pablo une todas estas metáforas y hay una especie de transición de lo agrícola a lo arquitectónico. Nosotros somos colaboradores de Dios, ustedes son el campo de Dios, el edificio de Dios. Esa es ahora la metáfora que desarrollará. Y a medida que la desarrolla, nos guiará a través de ciertos principios sobre la vida cristiana que, si los comprendemos y comenzamos a implementarlos, nos transformarán y nos ayudarán a madurar.
¿Qué es lo que Pablo pretende con esta nueva metáfora? vv. 10-11
Intentemos visualizar la metáfora de Pablo. Imaginemos una gran obra en construcción. Primero se excavan y luego se colocan cuidadosamente los cimientos. Después, cada capa de la estructura se construye sobre esos cimientos con igual esmero. En esa gran obra, hay trabajadores con diferentes funciones, realizando sus respectivas tareas: arquitectos, jefes de obra, ingenieros estructurales, ingenieros eléctricos, electricistas, fontaneros, canteros, operadores de maquinaria pesada, vidrieros, techadores y muchos más. Cada uno tiene un papel y una contribución vitales. Y eso, como nos dice Pablo, es una imagen de la iglesia, donde cada uno de nosotros participa en un gran proyecto de construcción. Y al explicar y ampliar esa metáfora, Pablo nos ofrece ciertas exhortaciones que nos ayudarán a crecer en unidad y madurez para la gloria de Dios.
¿Qué quiere decir Pablo cuando se refiere a sí mismo como «perito arquitecto»? v. 10
Lo primero que debemos entender es que Pablo no está presumiendo. No está alardeando ni diciendo: «Soy un constructor muy hábil». La palabra traducida como «perito arquitecto» es un término técnico para referirse a una especie de director de proyecto, arquitecto, líder principal en una obra. El papel de Pablo fue sentar el fundamento espiritual de la iglesia. Es el único fundamento que funcionará, dice. No se puede poner ningún otro. Intenta poner otro y tu vida cristiana comenzará a tambalearse. Empezarán a aparecer grietas. No hay construcción que perdure a menos que se edifique sobre el fundamento que es Jesucristo. Por tanto, lo primero que Pablo nos dice es que una buena base es fundamental para que nuestra vida no se derrumbe y la única base firme y sólida sobre la cual necesitamos edificar es Cristo.
¿Sobre qué estás construyendo tu vida? vv. 10-11
Algunos de nosotros, tal vez, la estamos construyendo sobre fundamentos morales. Tenemos una sólida ética de trabajo. Nos esforzamos por tratar a los demás como nos gustaría ser tratados. Nos enorgullecemos de la nobleza de nuestras intenciones. Por eso, estamos seguros de que, si existe un Dios, sin duda se une a nosotros en el gran respeto que tenemos por nuestra propia integridad. Otros, quizás, hemos construido nuestras vidas buscando la aprobación de los demás. Primero de nuestros padres, luego de nuestros amigos. El gran principio que guía todos nuestros esfuerzos es la afirmación y el elogio de los demás. Y luego están quienes viven en un mundo de fantasía inventado por ellos mismos. Nos hemos acostumbrado a escondernos para evitar enfrentar la realidad o asumir responsabilidades. Nuestra respuesta a los problemas es huir y escondernos; es agacharnos y cubrirnos. Ahogamos nuestras tensiones con entretenimiento, compras compulsivas o auto-medicación, con la esperanza de que todo desaparezca por sí solo. Pero Pablo nos dice aquí con toda claridad, que cualquier cosa sobre la que construyamos, que no sea sobre el fundamento de Jesús, tarde o temprano empezarán a aparecer grietas. Solo Jesús puede soportar el peso —inmóvil, sólido, seguro— hasta que lleguemos al punto en que podamos decir con sinceridad, desde el corazón: «Estoy sobre la Roca que es Cristo». Hasta que lleguemos allí, nuestras vidas se tambalearán y se inclinarán. Las grietas comenzarán a aparecer. No estás hecho para soportar el peso de tu vida. Solo Jesús puede hacerlo. ¿Descansamos en Él hoy?
¿Con qué estamos construyendo? vv. 12-13
En el v. 12 Pablo enumera diferentes materiales de construcción que podríamos usar: oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca. Se enumeran en orden decreciente de valor y creciente de inflamabilidad. La exhortación de Pablo es clara. Nos dice: «Se acerca un incendio. Edifiquen de manera que lo que construyan perdure. Asegúrense de construir de manera que perdure». Ahora bien, ¿por qué es tan importante? Seguramente, mientras tengas a Jesús, todo está bien. Mientras tu vida descanse sobre Cristo como fundamento seguro, no importa mucho cómo construyas. Mira el versículo 13. «La obra de cada uno será evidente», dice Pablo. «Pues el día», se refiere al regreso de Jesús, «la dejará manifiesta. Porque por el fuego será revelada; y la obra de cada uno, sea la que sea, el fuego la probará». En el juicio final, nuestras vidas serán sometidas al escrutinio ardiente y explosivo del Señor. Toda nuestra obra para Jesús será puesta a prueba, y el criterio no será cuánto hicimos. No es cantidad. No es estar ocupados. Es calidad. «Cada uno mire cómo edifica encima», dice Pablo en el v. 10. «El fuego la probará», dice el v. 13. No cuánto, sino cómo. No qué cantidad, sino qué clase de obra. ¡Esa es la prueba!
¿Por qué saber esto es tan importante?
Puede que pienses y digas: «No soy famoso, ni importante; no soy predicador. No he escrito ningún libro; no soy un evangelista. No soy misionero; no he recorrido el mundo sirviendo al Señor Jesús. Nadie se acordará de mí». Eso te puede llevar a concluir que has estado construyendo con madera, heno y hojarasca. Pero déjame decirte que cuando cuidaste a tus padres ya ancianos hasta que entre lágrimas los acompañaste hasta que cruzaron la línea final, y lo hiciste en el nombre de Jesús, ministrándoles con tanta abnegación, estabas construyendo con oro, plata y piedras preciosas. Cuando día tras día tras día, durante años y años, oraste fielmente por ese ser querido que no amaba al Señor, y nadie vio ni supo, el Señor vio y el Señor supo, entonces estabas construyendo con oro, plata y piedras preciosas. Cuando abriste la boca, arriesgando tu reputación (o algo peor) en tu lugar de trabajo para hablar de Jesús, entonces estabas construyendo con oro, plata y piedras preciosas. Cuando se presente la oportunidad, ¿darás un paso al frente con humildad para servir o solo trabajarás cuando haya posibilidad de recibir elogios y alabanzas? Esa es la diferencia entre el trabajo con oro, plata y piedras preciosas y el trabajo con madera, heno y hojarasca.
¿Qué nos dice Pablo acá sobre las recompensas eternas? vv. 14-15
Pablo dice en los vv. 14-15: «Si permanece la obra que alguien ha edificado sobre el fundamento, él recibirá recompensa. Si la obra de alguien es quemada, él sufrirá pérdida; aunque él mismo será salvo, pero apenas, como por fuego». Seamos claros. Las Escrituras enseñan y prometen recompensas eternas por el trabajo en esta vida que sobreviva a la prueba venidera de nuestros motivos y nuestros métodos. Eso es lo que Pablo nos enseña aquí. Me pregunto si tienes espacio en tu mente para esta idea: esta gran doctrina de diferentes recompensas según las obras en la vida cristiana. No se trata de salvación por obras, sino de recompensas según las obras. Todo cristiano irá al cielo, pero no todos recibirán la misma recompensa. Pablo señala que somos como contenedores de diferentes tamaños y que nuestras obras en esta vida, en el nombre de Jesús, determinan el tamaño, la capacidad de cada recipiente. Algunas de nuestras obras son mejores, más humildes, más puras, más llenas de fe, más enfocadas en la gloria de Cristo, más animadas por el celo por la alabanza de Dios y la salvación de los pecadores. Pero otras de nuestras obras son más pobres, más egoístas, más incrédulas, más tibias, más apáticas y sin gozo. Y todas estas obras están dando forma a las dimensiones del recipiente. Y cuando lleguemos a la gloria en el cielo, es como si Cristo tomara el recipiente y lo sumergiera en el mar de bienaventuranza para que el recipiente esté completamente lleno, rebosante. Nuestras copas rebosarán. No nos faltará nada. Pero no todos tendremos la misma capacidad. Algunos recipientes serán menos profundos que otros, más pequeños que otros. Algunos construidos sobre el fundamento, como ven, con madera, heno y hojarasca, más que con oro, plata y piedras preciosas. Nuestra recompensa corresponderá a cómo hemos construido sobre el fundamento. Todos seremos colmados, pero no todos tendremos la misma capacidad de plenitud.
¿Qué es lo último que Pablo menciona en este pasaje? vv. 16-17
Pablo dice: «Cuidado con destruir el edificio». Le preocupan los cimientos. Le preocupa la construcción, pero también le preocupa la posibilidad de destrucción. El edificio es el templo de Dios, y es santo para el Señor. Esa es la iglesia. Dios habita allí. Por lo tanto, se deleita en su morada, se deleita en su pueblo.
Pablo sigue teniendo en su mente el problema de la división. Y en efecto, está diciendo: «Si ustedes, corintios, insisten en estas conductas mundanas y divisorias, al final demostrarán que no están edificando sobre el fundamento. Demostrarán que no son verdaderamente hijos de Dios». Jesús dijo en Juan 13:35: «En esto conocerán todos que son mis discípulos: si tienen amor los unos por los otros». El amor mutuo es una prueba de que son discípulos de Cristo, de que están edificando sobre el fundamento. Del mismo modo, lo contrario también es cierto. Si se entregan a la búsqueda de la división y el partidismo hasta destruir la iglesia de Jesucristo, demuestran que no están edificando sobre el fundamento. No son discípulos de Jesucristo. Su sed de división, su actitud partidista, su afán de superioridad, todo impulsado por el orgullo, revelan un corazón que desconoce el toque salvador de Cristo. Y si son ustedes quienes destruyen la iglesia, se enfrentarán a la destrucción del Señor. Es una advertencia seria y un desafío para nosotros en nuestros días (ya que tenemos una baja estima por la iglesia —nos acercamos a ella con una actitud consumista—), comprender cómo Pablo piensa de la iglesia, cómo Dios piensa de la iglesia. Que el Señor nos dé gracia, mientras examinamos nuestros corazones a la luz de su Palabra, para asegurarnos de que descansamos sobre el único y verdadero fundamento, edificando de tal manera que nuestro trabajo perdure para la gloria de Dios y que evitemos cualquier posibilidad de destruir el templo de Dios.